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Imagino el Brasil de los años de plomo como un gran campo de fútbol amañado, donde el árbitro pita según el dueño del balón, el césped esconde trampas y la hinchada tiene prohibido gritar. Así es como yo, Horácio Guimarães, veo la dictadura militar. De un lado, los rivales del juego democrático: generales, ministros, empresarios, religiosos e intelectuales que sostuvieron el régimen, convencidos de que el autoritarismo salvaría al país del llamado “peligro rojo”. Del otro, quienes resistieron: periodistas silenciados por la censura, estudiantes perseguidos, artistas exiliados, obreros encarcelados, sacerdotes acallados y subversivos eliminados.

Fue un juego profundamente desigual, con el marcador prácticamente definido antes del pitido inicial. Este sitio nace para volver a ese campo sin nostalgia ni revisionismo, examinando quién jugó de cada lado, las estrategias utilizadas, las trampas, los goles en contra y los raros regates históricos. Brasil aún evita enfrentar su pasado y repite consignas como si la historia fuera una repetición infinita. Conocer la dictadura es una forma de impedir que vuelva a ser ensayada.

Campo minado: política, miedo y poder
Quién jugó, quién aplaudió y quién pagó el precio

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