VIEJO ONLINE - Literatura Sin Pose
- Paulo Pereira de Araujo

- 1 de jan.
- 2 min de leitura
Atualizado: 2 de jan.

Mi nombre es Horácio Guimarães. Tengo 70 años, una columna que cruje como puerta vieja de casona y un perro llamado Botox, que entiende más de poesía que muchos influencers que viven haciendo reseñas con voz susurrada en TikTok.
Botox me acompaña en todo: en las mañanas silenciosas, en los cafés olvidados sobre la mesa, en los libros abiertos a propósito o por descuido. Es pequeño, peludo, blanco y tiene esa mirada que parece preguntar: “¿Y entonces, viejo, vas a seguir mintiéndote a ti mismo o ya podemos empezar el día?”
Aquí no vas a encontrar teoría literaria encaramada en conceptos que parecen dolor lumbar. No me interesa la academia que celebra frases huecas como si fueran oro macizo.
Tampoco me interesa esa manía de creer que leer es un deporte de élite, un club hermético donde todos hablan bajito para parecer inteligentes. La literatura no es vitrina, es cuarto oscuro. Es travesía. Es corte.
Este es un espacio para quienes leen con el cuerpo, con el estómago, con el pecho abierto, con cicatrices que aún pican. Para quienes ya lloraron con Dostoievski, rieron en medio de una frase de Kafka sin entender del todo qué quiso decir, o encontraron en Clarice Lispector una lámpara encendida dentro de su propia carne. Para quienes se apoyaron en un libro como quien se apoya en una muleta emocional. Para quienes se perdieron, pero se perdieron con estilo.
Los textos cortos aquí son una elección. Porque el tiempo es corto. Pero el pensamiento no. El pensamiento aún insiste, aún ladra, a veces como Botox, a veces como un silencio que nadie entiende.
Puede ser que encuentres por aquí a mi amigo Anselmo, un ermitaño genial que escribe como quien cose piel viva, pero guarda todo en el cajón. A veces aparece mi hija Bianca, con su amor cansado por la literatura, o mi hijo Gabriel, que carga el dolor en el bolsillo como un billete antiguo arrugado.
Talvez no aparezca nadie y yo me quede conversando con Botox o con Conan, el invasor de mi cerebro. Y si un texto te incomoda, ¡mejor! La incomodidad es una puerta abierta. Quizá te sientas listo para el próximo texto, para el próximo dolor de espalda. Y entonces, viejo mío, agárrate, porque es la vida renovándose en ti.
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